Nació el mismo año que Mick Jagger, George Harrison y Roger Waters. Argentina fue el primer país de Latinoamérica en el que triunfó y fue la musa inspiradora para que Susana Giménez lleve adelante su exitoso programa

No hay manera. Por más que el lector o lectora lo intente y lo vuelva a intentar basta leer o pronunciar el nombre Raffaella Carrà para inmediatamente empezar a tararear 03-03-456, seguir con “para enamorarse bien hay que venir al sur y terminar el compilado con “explota explota exploo, explota explota mi corazón”. Es que la intérprete italiana, trascendió fronteras y se convirtió en ícono de la cultura popular.

Raffaella Maria Roberta Pelloni nació en la ciudad de Bolonia el 18 de junio de 1943. Los trabajos familiares -su papá era dueño de un bar y su abuela de una heladería- auguraban un futuro detrás de un mostrador antes que delante de las cámaras de televisión. Sin embargo, ese destino se empezó a torcer. Como la pequeña se mostraba muy dotada para la danza, su madre Iris Dellutri en el tiempo libre que le dejaban los trámites de divorcio, la inscribió en la Academia Nacional de Danza. A los nueve años un encuentro casual le permitió entrar a un mundo desconocido y que haría suyo: el espectáculo.

Con su madre viajaron a Roma para visitar a un amigo. Allí conocieron a un director de cine que buscaba a una niña para actuar en la película Tormento del passatto. Raffaella reunía los requisitos y la contrató. Su madre, italiana de pura cepa, le impartía una educación “a la alemana” es decir estricta y rigurosa. Por eso la obligó a alternar la escuela con los estudio de danza más la formación en el Centro Experimental de Cinematografía. A los 17 años le llegó su primer gran papel en La larga noche del 1943 y en 1963, actuó con Marcello Mastroianni en la película Los camaradas.

Su carrera tomaba fuerza, los estudios estadounidenses pasaron de preguntar “¿quién es esa chica?” a ordenar “contratemos a esa chica”. En 1966 viajó a los Estados Unidos para rodar algunos episodios de la serie, I Spy con Bill Cosby. Pero el gran desafío llegó cuando le ofrecieron protagonizar El coronel Von Ryan. Su coprotagonista era uno de los actores más seductores y poderosos de Hollywood: nada más ni nada menos que Frank Sinatra, el hombre que con sus ojos azules y el romanticismo de sus letras cautivaba a millones y ganaba millones.

Apenas conocerla Sinatra, el seductor serial, empezó a cortejarla, pero ella le dijo “no” al que todos le decían “sí”. Es que notó que Sinatra “Era amable conmigo, pero no con los demás”; y por otro lado, ella no deseaba convertirse en “la chica del jefe”. El camino al éxito era arduo pero Raffaella no necesitaba atajos.

La Carrà tampoco se dejó seducir por el estilo de vida hollywoodense. “A las cinco de la tarde cerraban los estudios y todos se alcoholizaban. Me sentía una marciana, muy incómoda”. Ignoró a los productores que le suplicaban que se quedara para convertirla en la nueva Sophia Loren o Gina Lollobrigida y volvió a su Italia, su lugar en el mundo y desde donde conquistaría al mundo. “Ni bebo ni me drogo, por eso Hollywood no era para mí”, reconoció en una entrevista.

En su país, la llamaron del programa de Nino Ferrer y para aceptar puso una sola condición: disponer de un pequeño espacio propio para hacer lo que quisiera. En esos tres minutos mostraba lo que luego sería su marca de fábrica: entonaba una canción alegre y pegadiza pero acompañada por una coreografía tan vital y llena de energía que lograba que todo el público se pusiera a bailar y los productores la quisieran contratar a perpetuidad.

A comienzos de la década del 70 ya era una show-girl incuestionable y la RAI le propuso liderar el show nocturno, “La Canzonissima 70”. Al mismo tiempo recibió una propuesta para protagonizar una película en París con Steve MCQueen. ¿Qué hacer? ¿Aceptaba el proyecto de cine con ganancias fabulosas o el programa con un miserable sueldito en la RAI? Finalmente se decidió por la tele, porque “desde mi punto de vista el cine es una prisión. Y quiero la libertad de decidir, de equivocarme, de sufrir, de ser feliz…”.

A partir de ese momento impuso el “estilo Raffaella Carrà”. Dejó atrás su cabellera morena y sin flequillo por su peinado característico: rubio platinado con corte carré lacio y con flequillo. Ideó un vestuario que le permitía bailar con comodidad pero también que destacaba su torneado cuerpo de bailarina. Diseñó unos monos rojos, naranjas bordados con strass y escote profundo que llegaba al ombligo. Su look fue tan impactante como rupturista, años después sería imitado por otras artistas como Madonna o Lady Gaga.