En el marco del mes aniversario compartimos el texto del profesor Kevin Nahuelfil.
“Donde el valle patagónico guarda sus historias: ….Sarmiento conmemora sus 128 años. Como cada año, esta fecha nos invita no solo a celebrar, sino también a recordar, revisar y resignificar nuestra historia”.
“Lo que me motiva a escribir sobre ello es volver a los orígenes del pueblo, recuperar algunas de las figuras centrales en su fundación, y abrir espacio a las memorias que también forman parte del relato, pero que muchas veces quedan al margen.”

Sarmiento fue oficialmente reconocido como colonia en 1897, mediante un decreto presidencial que la estableció como “Colonia Pastoril Sarmiento”.
A partir de entonces, el valle que alguna vez se llamó “Valle Ideal” comenzó a consolidarse como un punto de encuentro entre pueblos originarios, inmigrantes y colonizadores, en una región tan fértil como diversa.
Ubicada en la Patagonia, dentro de la provincia del Chubut, Sarmiento fue reconocida formalmente como pueblo de la Nación Argentina a fines del siglo XIX.
Desde entonces, fue escenario de múltiples transformaciones, que hoy se reflejan en pequeños lugares de memoria, edificios y sitios históricos que aún conservan huellas del pasado.

Sus orígenes como colonia pastoril en la región del Colhue Huapi marcaron una identidad que se sigue resignificando a través de sus habitantes.Sarmiento no es solo una ciudad con historia: es un paisaje cargado de sentido.
Sus vientos, sus lagos, sus calles y sus límites trazan más que un mapa; trazan memorias.
Como propone Michel de Certeau, el espacio se convierte en lugar cuando es vivido, recorrido, habitado con sentido. Los lugares cobran espesor cuando están cargados de identidades, de historias que se sedimentan en sus rincones.
Así, el valle fértil de Sarmiento no es solo un punto geográfico, sino un territorio simbólico donde conviven los relatos de quienes estuvieron antes, de quienes llegaron después, y de quienes hoy seguimos buscando las huellas que nos explican.
Los lugares tienen rasgos identificatorios, ya que construyen identidades de quienes lo habitan; también son relacionales porque los elementos dentro del lugar tienen un orden y significados compartidos; e históricos, ya que, al estar cargados de señales reconocibles, los convierten en lugares de memoria.
Al estar cargado de sentido, permite a los individuos identificar un espacio e identificarse a su vez con él.Para hablar de su formación como pueblo, es fundamental mencionar a Francisco Pietrobelli, inmigrante italiano que llegó a Chubut en 1888 como parte del equipo contratado para construir el Ferrocarril Central del Chubut.
Al poco tiempo, se desvinculó de la compañía y se dedicó al comercio en los pueblos de Gaiman y Rawson, donde tomó contacto con los colonos e identificó sus dificultades.
Fue entonces cuando advirtió que el valle del Chubut ya no ofrecía nuevas tierras, y comenzó a pensar en otro destino para colonizar.
Durante sus exploraciones, centradas en la búsqueda de recursos para la agricultura y la ganadería, Pietrobelli se vinculó con Desiderio Torres, un poblador de la región donde hoy se levanta la ciudad. Entre ambos comenzaron a dar forma al proyecto de la Colonia Pastoril Sarmiento.
Este territorio es reconocido por sus condiciones naturales: rodeado de lagos, con suelos fértiles y clima favorable para la producción agropecuaria. Marcando además, una posibilidad de consolidar una identidad nacional en esta zona del sur patagónico.
Uno de los nombres que merecen un lugar destacado en esta historia es el de Desiderio Torres, poblador originario de la zona y figura clave en el proceso de establecimiento de la colonia.
Según los registros locales y los relatos orales, Torres fue guía y conocedor profundo del territorio, y facilitó el contacto entre Pietrobelli y las comunidades indígenas de la región.
Su participación fue decisiva en el recorrido de la expedición fundacional de 1897, y su figura representa un puente entre el mundo indígena y el proyecto colonizador.
En reconocimiento a su rol, hoy el museo histórico de la ciudad lleva su nombre: Museo Desiderio Torres, un espacio que custodia miles de piezas arqueológicas y etnográficas que recuerdan la presencia ancestral en el valle.Hablar del Museo me permite mencionar que, entre sus salas, donde se resguarda la memoria de Sarmiento, los objetos también relatan historias.
Telas tejidas a mano, utensilios de cocina, adornos, cestos, herramientas de trabajo: son las primeras huellas silenciosas del rol fundamental que cumplieron las mujeres en la vida cotidiana y cultural del valle.
Si bien sus nombres muchas veces no figuran en los documentos oficiales, fueron ellas quienes sostuvieron la organización del territorio, la crianza, la transmisión de saberes, la alimentación, el tejido y la salud.
Mujeres tehuelches, mapuches y migrantes que tejieron no solo lanas, sino vínculos; que curaron no solo cuerpos, sino también duelos. Reivindicar su legado es darle lugar a una historia que no siempre fue dicha, pero que vive entre hilos, barro, fuego y palabras que todavía resuenan.
Con el tiempo, la colonia fue tomando forma. Su nombre rendía homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, y con los años se simplificó simplemente a “Sarmiento”. Esta ciudad es una de las más antiguas de la provincia y de la región, con una geografía particular: un valle fértil, cruzado por lagos y ríos, y también con presencia de petróleo y gas.
La planificación del asentamiento contemplaba desde el inicio el proceso de poblamiento y ocupación, con la llegada de distintos grupos migratorios.Sin embargo, antes de la llegada de los primeros colonos europeos a fines del siglo XIX, el valle ya estaba habitado por Pueblos Originarios.
Comunidades Tehuelches y Mapuches recorrían el territorio de la cuenca de los lagos Musters y Colhué Huapi desde hacía siglos, desarrollando formas de vida propias, redes de intercambio, movilidad estacional y vínculos espirituales con el entorno.
Este entramado desmonta la idea del “desierto vacío” promovida por el discurso estatal de la época.Como explica el historiador Walter Delrio en Memorias de expropiación (2005), el avance del Estado nacional en estos territorios fue no solo militar, sino también simbólico.
La llamada “Campaña del Desierto” construyó un relato que eliminó a los pueblos originarios de la historia oficial, para justificar el despojo. Pero en los hechos, estas comunidades no desaparecieron.
Fueron sometidas a nuevas formas de control —misiones religiosas, colonias, trabajos forzados—, pero también supieron resistir, adaptarse y sostener sus estructuras comunitarias.
Reconocer ese pasado no es solo una tarea para especialistas: es un gesto de memoria y de justicia.
Hablar del poblamiento indígena anterior a la colonización es recuperar las huellas de una historia colectiva que sigue viva en el paisaje, en los relatos y en las luchas actuales de sus descendientes.
Hoy celebramos un nuevo aniversario de Sarmiento, con orgullo por lo construido, pero también con la responsabilidad de seguir incluyendo las voces que alguna vez fueron silenciadas.
Porque una comunidad no se mide solo por sus calles o sus edificios, sino por la forma en que honra todas sus raíces.
Que este día nos encuentre reunidos en la memoria, el encuentro y la esperanza.
Prof. Nahuelfil, Kevin Lautaro.



