“El Abuelo” de la escritora Sarmientina, María Alejandra Gómez presenta una escena rural en la que el protagonista, el abuelo, realiza la tarea de faenar un cordero. La narradora, junto con su prima Lili, observa con fascinación y horror el proceso detallado de desollar y despiezar al animal. El abuelo, personaje central, representa la figura del hombre de campo, experimentado en las tareas rurales y acostumbrado a la crudeza de la vida rural. La narradora, a pesar de haber presenciado estas actividades antes, se mantiene indiferente o incluso disfruta del proceso, mientras que Lili, la prima, se muestra afectada.
El Abuelo
El abuelo baja a caballo la cuesta del cerro. Viene arreando una punta de ovejas y corderos. Revolea el rebenque llamando nuestra atención y silba fuerte para que los perros ayuden a entrar los animales al corral. Ellos lo entienden y nosotras podemos escucharlo a la distancia mientras un remolino de ovejas gira en una danza como pidiendo permiso para atravesar esa pequeña tranquera abierta que unas pocas encuentran y otras las siguen hasta quedar todas atrapadas entre los alambrados de seis hilos, sin dejar ni una cría afuera.
Seguimos jugando con Lili que se asombra de todo y no se pierde nada, mientras vemos al abuelo desmontar el malacara de patas blancas. Volea la pierna derecha hacia atrás rodeando el anca y la apoya en el piso, después la izquierda, que zafa del estribo y también toca el suelo. Camina hacia nosotras, salimos a recibirlo contentas, falta poco para almorzar y con Liliana tenemos más hambre que esos perros ovejeros. Han corrido toda la mañana, como nosotras.
-Hola salvajes -nos dice. Como de costumbre, me da las riendas y el rebenque. Ya sé que es para que ate al caballo en los tamariscos y después cuelgue el rebenque en el clavo de la galería. El caballo resopla cansado y nos asusta mientras come al pasar unos brotes nuevos, hace fuerza y se resiste a mis manos para quedarse plantado como el árbol.
El abuelo vuelve al corral con un tiento en la mano. Nosotras lo miramos desde afuera. Otra vez los perros arman revuelo de ovejas y él atrapa un animal por el lomo y lo voltea. Es un cordero el que cae. El abuelo tantea entre sus piernas y lo suelta. Repite esa maniobra varias veces hasta que elige uno gordo. Lo manea y lo acarrea a unos metros del galpón, como si no pesara nada. Seguimos sus pasos y me pide que le alcance la piedra de afilar. Yo lo hago rápido como a él le gusta. Saca el cuchillo de una vaina escondida en la faja, acaricia con el pulgar el largo de la hoja y comienza a pasarlo suave por la piedra, de un lado y del otro. Cada tanto tira chorritos de agua con un jarro.
Lo toca una y cien veces hasta que está conforme. Vuelve a colocar el cuchillo en la faja que rodea su bombacha pampeana y aprieta con la rodilla al animal que ya no se resiste. Mi prima mira con los ojos grandes. -¿Qué vas a hacer abuelo? -Vas a tener para contar en tu casa. Mañana vamos a comer un rico asado, dice el abuelo. Seguro tendrá mucho para contar, aunque ahora está muda, mirando cada movimiento.
El abuelo agarra el cordero entre sus piernas, le cierra la boca con la mano izquierda, lo pone de costado y estira bien el cuello. Saca otra vez el cuchillo y lo clava en el cuello del animal que resopla. Un último pataleo indica que ya está y la tierra hambrienta se traga la sangre. Mi prima, en cambio, se traga las palabras y tiembla.
El abuelo traza una línea con el filo del cuchillo sobre el vientre del cordero y empieza desde la panza misma. Despega carne de cuero, mano y mano como si amasara. Cuando llega a cada pata, corta tendón y huesos por la coyuntura hasta desprenderla y separa el cuero del resto. Lo último es la cabeza. Cuerea despacio hasta que asoman los ojos abiertos y brillosos que no miran nada y la lengua que ha quedado apretada entre unos pocos dientes.
Ahora corta otra vez la panza y las vísceras caen olorosas y tibias. Separa achuras de desperdicios. Los tira a los perros que esperan el festín. Me da el cuero y yo lo pongo sobre el alambrado. Se va al galpón levantando el animal, lo cuelga de los garrones en un gancho sobre un travesaño del techo, así se orea tranquilo lejos de las moscas.
La veo a Liliana con cara de asco, mientras el abuelo vacía el intestino del bicho y va armando una trenza que cuelga, tan larga como la de mi pelo. Cuando termina con todo nos manda a avisarle a la abuela que vaya poniendo la mesa. Salgo corriendo, Liliana me sigue.
El abuelo llega más tarde, se sienta en el banquito donde intenta sacarse solo las botas. Yo disparo para que no me pida ayuda, al rato la veo a Lili todavía pálida tirar fuerte de una bota primero, de la otra después y ponerlas bien lejos mientras yo escondida detrás del vidrio intento buscarle una sonrisa tapándome la nariz. La abuela puso agua tibia en la palangana y el abuelo se calza las alpargatas, se lava la cara, las manos y hasta la cabeza con bastante jabón. La espuma se corta con el agua por las manos grasientas. Cambia el agua varias veces, la tira al jardín.
Se seca, se peina. Entra a la cocina, se ubica en la cabecera de la mesa. -Qué rico olor abuela –digo relamiéndome. -Van a chuparse los dedos –dice la abuela, mientras nos manda a lavarnos las manos y corre a sacar la comida del horno.
Cuando nos sentamos a la mesa, en la asadera viene entre el asado, una cabeza de oveja, más grande que la del cordero carneado. Asoma la lengua y parece mirarnos con sus ojos secos. Está adornado con un montón de papas al horno. Todo va a parar sobre una tabla de madera al centro de la mesa. El abuelo toma el cuchillo filoso, comienza a escarbar un ojo y se lo sirve. Como siempre él empieza a comer primero.
La abuela nos ayuda a sacar un poco de carne de las quijadas. A mí los ojos no me gustan tanto.
El abuelo avanza con su tenedor y angurriento llena su boca de ojo. Lo disfruta. Mientras Lili vomita el plato recién servido y cae redonda de la silla al suelo.



