Está parado afuera y el olor de la nafta invade el auto. Tiene la costumbre de bajarse en las estaciones de servicio. Será porque hace muchos años fue taxista. En ese entonces, estaba la posibilidad de que el tanque de gas estallara. Veo sus piernas y su pelvis. Está apoyado sobre el capot del auto mientras habla con el playero. Ese cinturón lo debe tener de cuando yo era chico, como su reloj de pulso. Esos objetos permanecen en él como si fueran reliquias que en algún momento deberé heredar y usar, pero sé que quedarán en el cajón de una cómoda que todavía no tengo y que abriré cada tanto, cuando no encuentre algo que suponga perdido.
No me molesta que se haya bajado, me inquieta él. Todo lo que hace. La manera en que agarra el volante con una sola mano. Sus lentes negros que reflejan el camino. El modo en que toma mate, el sorbido final y esa manía de escupir pedacitos de yerba que le quedan en la boca. Cómo habla, su voz alta y llorona. Su emoción constante, la necesidad de hablar del pasado en presente, como si todavía fuéramos los que fuimos. El ruido que hace al masticar, las gotas de sudor en la frente, el pañuelo que se pasa por la cara y deja sobre la luneta, la cantidad de veces que deja de mirar la ruta para chequear mis reacciones. Este viaje no lo tenía previsto. Supongo que él tampoco. Compartir tantas horas juntos es algo que no deseábamos. La causa es excepcional y no podía decir que no. Son esos momentos en los que uno no puede borrarse y debe hacerle frente a todo. Incluso someterme a viajar con mi padre durante toda la noche los novecientos kilómetros que hay entre la ciudad en que vivimos y las sierras de Córdoba, donde vivía mi abuelo Roque. Mi padre, el hombre que me crio con la fórmula de los que no saben cómo se hace: a lo bruto, a lo macho, con la palabra de Dios en la punta de la lengua y una dulzura tímida y desequilibrada. Pasamos Rosario y el campo se hace constante. Intento dormir, pero no puedo. Pienso en la casa de mi abuelo. En todo lo que vamos a tener que revisar, tirar y guardar en cajas. En qué vamos a hacer con las gallinas, los conejos, el loro y el carancho.
- El abuelo seguía teniendo gallinas, conejos y todo el bicherío ¿no? – Sí, conejos dos nomás. Gallinas también, varias. El loro… ¿cómo se llamaba? Chapulín, eso. Ese no sé, no puede estar vivo. – ¿Y el carancho? – Sí, el carancho está, me lo dijo la vecina, que a las gallinas les podía dar de comer, pero que carne para el carancho no tenía. Ese pájaro me daba miedo. Lo había visto por última vez hacía tres años, en las vacaciones que habíamos hecho en familia. El último con mi vieja, antes de que enfermara del cáncer arrollador que se la llevó en apenas seis meses. Ese pájaro debe tener mil años. Los cálculos temporales no sirven o, al menos, sobran.
De chico me encantaba pasar las vacaciones en lo de mi abuelo. No nos quedábamos mucho, pero esos pocos días eran intensos. Tengo imágenes muy nítidas de aquellas mañanas en las que mi papá y mi abuelo mateaban debajo de la parra del patio. El calor no daba tregua y yo metía la cabeza debajo de la canilla de la bomba, que escupía un agua fría y clara que renovaba mis energías. Mi abuelo me mostraba la huerta y las verduras que cuidaba con amor y prolijidad. Me llevaba hasta el corral y me daba pan viejo para tirarle a las gallinas. Alzaba los conejos y me los daba para que los alzara y los mimara. Todo lo hacía con el loro, con Chapulín, subido a su hombro. Mi abuelo lo llevaba encima porque no lo quería dejar suelto. Se había caído al pozo ciego dos veces y se había salvado de milagro, porque mi abuelo estaba atento, y cuando no lo escuchaba se ponía inquieto. Chapulín me hacía reír. En realidad, mi abuelo, porque Chapulín hacía lo que mi abuelo decía. Le ponía música y el loro bailaba, levantando una pata y luego otra, balanceando su cuerpo y extendiendo las alas. Repetía las frases o las palabras que mi abuelo le enseñaba. “Gallinas putas”, “Viva Perón”, “Roque, Roque” y otros términos que variaban entre insultos, palabras graciosas o expresiones que mi abuelo no sabía dónde las había aprendido.
En un galponcito oscuro, al lado del corral y adentro de una jaula, pasaba su vida el carancho. Una mañana lluviosa, mi abuelo lo había encontrado tirado en el medio del jardín con un balín de plomo incrustado en una pata y un ala partido en dos. Lo levantó con cuidado, lo curó y lo alimentó. El pájaro tenía una mirada intimidante y un pico que podía arrancar un dedo a cualquier desconocido. Mi abuelo acercaba su mano, enfundada en un guante de jardinería, y el pájaro se subía y quedaba ahí, quietito, escrutando su destino de patio y las miradas de asombro de los invitados de Roque. Mi abuelo me decía: – No lo podés tocar, pibe -como si yo hubiese deseado alguna vez cosa semejante. Jamás me hubiera atrevido siquiera a acercarle una mano. Lo dejaba ahí, en el sucucho ese, y le llevaba pedacitos de carne cruda que mi abuelo separaba del asado que íbamos a almorzar. Yo lo miraba desde afuera. El carancho tragaba esos pedazos de carne roja y movía el cuello para dejarlos caer en su estómago. Me miraba incómodo, o eso sentía yo. A nadie le gusta ser mirado cuando come. Eso lo leí en algún lado. De hecho, me he negado a comer en algunas reuniones con mis amigos y amigas. Es que el libro ese decía que la gente come como garcha. Y yo siempre fui muy reservado.
La cuestión es que el pájaro –alejado ya de la posibilidad reproductiva– me miraba. Sus ojos tenían el peso de un secreto salvaje y antiguo. Yo trataba de aguantarlos, pero mucho no resistía y salía corriendo para la casa. La última vez que lo vi, apenas me asomé para mirarlo. Ya no me generaba la misma intriga. Era un pájaro carnívoro, encerrado en un cuartito oscuro y nada más. Le pregunté a mi abuelo cómo estaba, si seguía comiendo carne y no mucho más.
- Ese bicho me va a terminar comiendo a mí –me dijo. No tengo detalles de cómo estaba mi abuelo cuando lo encontraron. Sé que se murió en su cama. Una vecina fue a pedirle huevos, aplaudió y gritó su nombre. Como mi abuelo no respondió, la señora pasó y vio la cortina para las moscas colgada en el marco de la puerta abierta. Volvió a llamarlo. Le extrañó el silencio y se metió en la casa, donde encontró a mi abuelo. – Pensé que dormía, pero no era de dormir a esa hora. Cuando lo toqué me di cuenta, estaba frío y duro. Ahí nomás salí a los gritos y ya no volví a entrar -me relataría la vecina el día que llegamos para vaciar la casa. No había nada en su muerte que incluyera al carancho. Ni salió del cuartito, aguantó tres días hasta que llegamos. Esperó ahí hasta que mi viejo abrió la jaula y le soltó unas salchichas. Comió a las apuradas, con esos ojos ahora entornados de fatiga o debilidad. – ¿Qué vamos a hacer con ese pájaro? – No sé – me respondió mi viejo -, primero empecemos por lo fácil.
El loro no estaba por ningún lado. Mi viejo le dio las gallinas y los conejos a la vecina, casi a modo de pago por el mal momento y en agradecimiento por haberlo llamado. El resto fue más fácil, porque no había mucho para guardar. Mi papá me dio unas bolsas de consorcio para meter la ropa que estuviera sana. También para que tirara todo lo que fuera inservible. Mi abuelo juntaba muchas boludeces, así que llené rápidamente muchas bolsas con basura. Cuando encontraba algo que me hacía dudar, me acercaba a mi viejo para preguntarle qué hacer. En general, iba a la basura. Apenas se salvaron las fotos familiares, algunas prendas viejas pero sanas y algunos muebles que los vecinos se podrían llevar de la vereda cuando mi papá me dijera que era hora de sacarlos. Afuera se juntaron algunos vecinos. Al principio pensamos que era por chusmas. Después nos dimos cuenta de que era gente con necesidades. Cualquier cosa que sacáramos podía ayudarla. Así que cuando sacamos las bolsas con ropa y los muebles, enseguida dieron unos pasos adelante, nos dijeron que lo sentían mucho, agradecieron y se abalanzaron sobre las sobras de mi abuelo. Volvimos a entrar y tomamos unos mates, sentados sobre unos cajones de verduras, debajo de la parra. Habíamos terminado y podíamos darnos ese descanso, aunque tuviéramos ganas de volver rápido a la ciudad y dejar todo esto atrás.
- ¿Te llevás vos al carancho? – me dijo mi viejo. Supongo que lo miré con asombro y miedo, porque mi viejo estalló en una carcajada que duró unos cuantos segundos y que paró sólo porque la tos lo atacó y lo puso rojo como un tomate. Ese chiste renovó mi preocupación. Le pregunté a mi viejo, otra vez, qué íbamos a hacer con el carancho. Se levantó, me dijo ya vengo, voy a hablar con los vecinos. Al rato volvió, más rápido de lo que esperaba. – Me lo llevo, nadie lo quiere. No lo puedo dejar ahí. Lo miré buscando algún gesto que me indicara que se trataba de otra broma.
Durante el viaje, el carancho no hizo ningún ruido. Se mantuvo en su jaula, debajo de la sábana verde que mi viejo usó para taparlo, como si no existiera. – ¿Lo vas a tener en tu casa? – le pregunté. – Y sí, no queda otra.
Cerré los ojos. Sentí la mirada de mi viejo, su mano izquierda en el volante, iba a decir algo sentimental. – Hasta que te toque a vos, nene. Me hice el dormido, quería llegar a casa cuanto antes.
“Carancho” es un cuento escrito por Gonzalo Hidalgo de la ciudad de Trelew. Mensión en el concurso “Cuento Encuentro”.



